Subía el sábado el camino de tierra dando
vistas a la derecha a Carchelejo, una aldea grande y blanca, extendida como una
balaustrada a lo largo de una escarpada ladera, y a la izquierda al castillo
moro de Arenas, en su inaccesible pináculo. Algún rayo de sol furtivo hacía
brillar las hojas plateadas de los olivos mientras la totovía cantaba unas notas
lastimeras desde una piedra y luego volaba en círculos como la alondra.
Cuando di vista a los cortijos del antiguo monasterio, parecía
un lugar paradisíaco, un valle de bosques de pinos y olivos, gris y fresco, de ásperos
barrancos, donde ya lanzaba su penacho de humo la chimenea de la casa de mis hermanas,
tan enhiesto, hacia el cielo, que parecía estar suspendido de él. La colina de mi
Cerrillo de San Marcos estaba recalentándose al sol, el ennegrecido tronco del viejo
almendro del camino lo jalona y las higueras han perdido sus oscuras y satinadas
hojas, que tras tornarse amarillas, han dejado desnudas sus ramas que se reflejan
en las aguas verdosas de la alberca rebosante.
La semana pasada cayeron 22 litros, un agua
muy deseada. Las lluvias por fin han llegado y el cielo está encapotado casi todos los días
de nubes esponjosas, amagando con pequeñas lloviznas que impregnan de humedad
el suelo y el ambiente. Ya no están los abejarucos que alanceaban el aire en su
vuelo veraniego, creando dardos de color con su brillante plumaje verde y
amarillo, ni canta el cuco, pero han llegado los zorzales que raudos cruzan
volando bajo los ardales de los olivos. Ha llegado la hora de aportar el
compost a la huerta.
En la primavera hice dos grandes montones de
compostaje con las hierbas resultantes del desbroce, estiércol de oveja -de un
camión que me trajeron de Campillo de Arenas- y la poca tierra que saqué de la
propia huerta. No gasté todo el estiércol disponible porque no hubo suficiente
hierba para ello, por lo que quedó un buen montón de estiércol a la espera de
usarse. Como creo que no tendré suficiente compost para nutrir a todas las
plantas, decidí este fin de semana empezar por aportar el estiércol sobrante
que está mezclado con mucha paja de la cama del corral de las ovejas y que ya
se ha descompuesto casi en su totalidad, exceptuando la capa más superficial.
Cuando acabe éste procederé a aportar el compost, esperando que, tras seis
meses, ya se haya creado, aunque han sido muy calurosos y secos. Cuando lo abra
veremos el estado en el que se encuentra.
Esta tarea es fundamental en la huerta. Los últimos tres años no pude hacerlo –por mi largo período de ausencia por razones de salud y por tener que desprenderme de las yeguas que me garantizaban el suministro constante de estiércol- notándolo los árboles gravemente, con una ausencia de vegetación renovada y de cosecha de aceituna. La ciclicidad en la agricultura es la esencia de su sostenibilidad y viene dada por la devolución en forma de nutrientes de los residuos que en ella generamos transformados en compostaje. Es cierto que me falta disponer de una trituradora para aumentar mi capacidad de materias vegetales que puedo aportar al proceso de compostaje con los restos de las podas de los árboles. Las pequeñas trituradoras de jardín no sirven y las grandes son excesivas para mis volúmenes. Lo normal sería disponer del servicio de unas horas de alguien que disponga de esta maquinaria, pero en la zona aún apenas se tritura, pues continúan, desafortunadamente, quemando el ramón de la poda. Mientras tanto acumulo los restos vegetales gruesos en montones para que con los años, al menos se transformen en mantillo.
Esta tarea es fundamental en la huerta. Los últimos tres años no pude hacerlo –por mi largo período de ausencia por razones de salud y por tener que desprenderme de las yeguas que me garantizaban el suministro constante de estiércol- notándolo los árboles gravemente, con una ausencia de vegetación renovada y de cosecha de aceituna. La ciclicidad en la agricultura es la esencia de su sostenibilidad y viene dada por la devolución en forma de nutrientes de los residuos que en ella generamos transformados en compostaje. Es cierto que me falta disponer de una trituradora para aumentar mi capacidad de materias vegetales que puedo aportar al proceso de compostaje con los restos de las podas de los árboles. Las pequeñas trituradoras de jardín no sirven y las grandes son excesivas para mis volúmenes. Lo normal sería disponer del servicio de unas horas de alguien que disponga de esta maquinaria, pero en la zona aún apenas se tritura, pues continúan, desafortunadamente, quemando el ramón de la poda. Mientras tanto acumulo los restos vegetales gruesos en montones para que con los años, al menos se transformen en mantillo.
Estoy releyendo, después de muchos años, el
libro antropológico "Al sur de Granada" de Gerald Brenan, en su
estancia en La Alpujarra granadina en el primer cuarto del siglo XX. Recoge
magníficamente la vida y costumbres de sus habitantes, convirtiéndose en un
documento etnográfico de gran valor y un testimonio de cómo era la vida rural
que hoy es irreconocible. Escribía “Mi
aldea era casi autosuficiente. Las familias más pobres no comían nada que no
criara en la aldea, excepto el pescado fresco, que se traía desde la costa a
lomo de mula, en viaje nocturno, y bacalao seco. Los tejidos de algodón, la
loza y la quincallería venían de las ciudades, pero los aldeanos tejían y
teñían sus propios paños de lana, sus mantas de algodón, sus pañuelos de seda y
sus colchas. En otras palabras, la economía de una aldea de La Alpujarra no
había cambiado gran cosa desde los tiempos medievales.”
Lo que me llama la atención y echo de menos en su extenso libro, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un agudo observador, que no haya reflejado el sistema de ciclicidad de ese mundo en términos que garantizaba la sostenibilidad y equilibrio del ecosistema. Describe de forma pormenorizada lo que producían, los rituales relacionados con las cosechas o la matanza, las fiestas, las relaciones humanas, los grupos sociales, la religión, los paisajes, y hasta la psicología de sus habitantes; pero se olvida de describir cómo se producía, cómo se establecía la sincronización de reloj que les permitía ser comunidades autosuficientes. Eran sociedades de residuos cero, donde todo tenía una función en el engranaje general y no aparece en su estudio ni cómo los residuos de las huertas o de la molturación de las aceitunas, junto a los excrementos de los animales, iban a los muladares, nuestros modernos montones de compostaje, y madurados servían para fertilizar los cultivos que a su vez producirían magníficos frutos, volviendo de nuevo a reiniciarse el ciclo que seguiría dando vueltas con las estaciones y años en un ritmo biológico donde los seres humanos formaban parte.
Decía Brenan en el prefacio del libro que “al sur de los Pirineos vive todavía una sociedad
que antepone las más profundas necesidades del alma humana a la organización
técnica necesaria para alcanzar un nivel de vida más alto. Es una tierra en la
que crecen conjuntamente el sentido de la poesía y el sentido de la realidad.
Ni uno ni otro engranan con la perspectiva utilitarista”
Las carreteras construidas para los vehículos
de motor pusieron fin a la vida autóctona de las aldeas y a los vestigios de
una cultura que se remontaba a los tiempos clásicos.
En todas las modalidades de felicidad se da un
elemento de añoranza, ya que la mente se centra mejor sobre aquello que echa en
falta.


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