lunes, 26 de octubre de 2015

Aportando estiércol a la huerta


Subía el sábado el camino de tierra dando vistas a la derecha a Carchelejo, una aldea grande y blanca, extendida como una balaustrada a lo largo de una escarpada ladera, y a la izquierda al castillo moro de Arenas, en su inaccesible pináculo. Algún rayo de sol furtivo hacía brillar las hojas plateadas de los olivos mientras la totovía cantaba unas notas lastimeras desde una piedra y luego volaba en círculos como la alondra.
Cuando di vista  a los cortijos del antiguo monasterio, parecía un lugar paradisíaco, un valle de bosques de pinos y olivos, gris y fresco, de ásperos barrancos, donde ya lanzaba su penacho de humo la chimenea de la casa de mis hermanas, tan enhiesto, hacia el cielo, que parecía estar suspendido de él. La colina de mi Cerrillo de San Marcos estaba recalentándose al sol, el ennegrecido tronco del viejo almendro del camino lo jalona y las higueras han perdido sus oscuras y satinadas hojas, que tras tornarse amarillas, han dejado desnudas sus ramas que se reflejan en las aguas verdosas de la alberca rebosante.
La semana pasada cayeron 22 litros, un agua muy deseada. Las lluvias por fin han llegado  y el cielo está encapotado casi todos los días de nubes esponjosas, amagando con pequeñas lloviznas que impregnan de humedad el suelo y el ambiente. Ya no están los abejarucos que alanceaban el aire en su vuelo veraniego, creando dardos de color con su brillante plumaje verde y amarillo, ni canta el cuco, pero han llegado los zorzales que raudos cruzan volando bajo los ardales de los olivos. Ha llegado la hora de aportar el compost a la huerta.
En la primavera hice dos grandes montones de compostaje con las hierbas resultantes del desbroce, estiércol de oveja -de un camión que me trajeron de Campillo de Arenas- y la poca tierra que saqué de la propia huerta. No gasté todo el estiércol disponible porque no hubo suficiente hierba para ello, por lo que quedó un buen montón de estiércol a la espera de usarse. Como creo que no tendré suficiente compost para nutrir a todas las plantas, decidí este fin de semana empezar por aportar el estiércol sobrante que está mezclado con mucha paja de la cama del corral de las ovejas y que ya se ha descompuesto casi en su totalidad, exceptuando la capa más superficial. Cuando acabe éste procederé a aportar el compost, esperando que, tras seis meses, ya se haya creado, aunque han sido muy calurosos y secos. Cuando lo abra veremos el estado en el que se encuentra.
Esta tarea es fundamental en la huerta. Los últimos tres años no pude hacerlo –por mi largo período de ausencia por razones de salud y por tener que desprenderme de las yeguas que me garantizaban el suministro constante de estiércol- notándolo los árboles  gravemente, con una ausencia de vegetación renovada y de cosecha de aceituna. La ciclicidad en la agricultura es la esencia de su sostenibilidad y viene dada por la devolución en forma de nutrientes de los residuos que en ella generamos transformados en compostaje. Es cierto que me falta disponer de una trituradora para aumentar mi capacidad de materias vegetales que puedo aportar al proceso de compostaje con los restos de las podas de los árboles. Las pequeñas trituradoras de jardín no sirven y las grandes son excesivas para mis volúmenes. Lo normal sería disponer del servicio de unas horas de alguien que disponga de esta maquinaria, pero en la zona aún apenas se tritura, pues continúan, desafortunadamente, quemando el ramón de la poda. Mientras tanto acumulo los restos vegetales gruesos en montones para que con los años, al menos se transformen en mantillo.
Estoy releyendo, después de muchos años, el libro antropológico "Al sur de Granada" de Gerald Brenan, en su estancia en La Alpujarra granadina en el primer cuarto del siglo XX. Recoge magníficamente la vida y costumbres de sus habitantes, convirtiéndose en un documento etnográfico de gran valor y un testimonio de cómo era la vida rural que hoy es irreconocible. Escribía “Mi aldea era casi autosuficiente. Las familias más pobres no comían nada que no criara en la aldea, excepto el pescado fresco, que se traía desde la costa a lomo de mula, en viaje nocturno, y bacalao seco. Los tejidos de algodón, la loza y la quincallería venían de las ciudades, pero los aldeanos tejían y teñían sus propios paños de lana, sus mantas de algodón, sus pañuelos de seda y sus colchas. En otras palabras, la economía de una aldea de La Alpujarra no había cambiado gran cosa desde los tiempos medievales.”

Lo que me llama la atención y echo de menos en su extenso libro, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un agudo observador, que no haya reflejado el sistema de ciclicidad de ese mundo en términos que garantizaba la sostenibilidad y equilibrio del ecosistema. Describe de forma pormenorizada lo que producían, los rituales relacionados con las cosechas o la matanza, las fiestas, las relaciones humanas, los grupos sociales, la religión, los paisajes, y hasta la psicología de sus habitantes; pero se olvida de describir cómo se producía, cómo se establecía la sincronización de reloj que les permitía ser comunidades autosuficientes. Eran sociedades de residuos cero, donde todo tenía una función en el engranaje general y no aparece en su estudio ni cómo los residuos de las huertas o de la molturación de las aceitunas, junto a los excrementos de los animales, iban a los muladares, nuestros modernos montones de compostaje, y madurados servían para fertilizar los cultivos que a su vez producirían magníficos frutos, volviendo de nuevo a reiniciarse el ciclo que seguiría dando vueltas con las estaciones y años en un ritmo biológico donde los seres humanos formaban parte.
Decía Brenan en el prefacio del libro que “al sur de los Pirineos vive todavía una sociedad que antepone las más profundas necesidades del alma humana a la organización técnica necesaria para alcanzar un nivel de vida más alto. Es una tierra en la que crecen conjuntamente el sentido de la poesía y el sentido de la realidad. Ni uno ni otro engranan con la perspectiva utilitarista”
Las carreteras construidas para los vehículos de motor pusieron fin a la vida autóctona de las aldeas y a los vestigios de una cultura que se remontaba a los tiempos clásicos.
En todas las modalidades de felicidad se da un elemento de añoranza, ya que la mente se centra mejor sobre aquello que echa en falta.


No hay comentarios: