viernes, 12 de abril de 2024

Reordenando el almacén


 He afrontado una titánica operación de cambios en la capacidad de almacenaje en la huerta. Hasta ahora veníamos utilizando la antigua cuadra como almacén bastante desordenado. He decidido vaciarlo, sacar todas las maderas, hacer limpieza de chismes que el paso del tiempo ha decidido ser de inutilidad, cerrarla de obra en su parte delantera y reconvertirla en una habitación dormitorio para artistas e invitados a los trabajos de la huerta. Para almacén quiero recuperar el de madera, ya desvencijado y en proceso de pudrición por el agua, y reconstruirlo yo mismo con hormigón y tejado, buscando una solución más estable y duradera para albergar herramientas y materiales de uso artístico en la huerta. Mientras todo eso llega, de manera ordenada apilo maderas a la intemperie, que recubriré con un plástico para evitar las lluvias.

domingo, 7 de abril de 2024

Riegos de los frutales recién plantados


 

Preparando el terreno para la plantación de hortalizas


 Antes de plantar las hortalizas, aportamos compost realizado en la huerta a base de hierbas cortadas, estiércol de oveja y tierra. Se ha hecho desde el año pasado y está en su madurez para utilizarlo. Después lo mezclo con la tierra con el motocultor.

sábado, 23 de marzo de 2024

Iniciando un nuevo muro



 Un muro de piedra para la creación de un espacio para la realización del conjunto escultórico "Cactus", dentro del itinerario del agua, por tanto, lleva incorporado un abrevadero. Es la terraza sexta.

Lo inicio con el planteo de dónde irán las piedras gruesas de base, que ya me está esperando en la orilla.

Tiempo de sacar el compost a las plantas y preparar nuevo




 

viernes, 22 de marzo de 2024

Plantación de árboles frutales


 A los árboles que el pasado año planté, he añadido esta semana otros diez: cerezos, higueras, ciruelos, kaki, perales, manzanos...

jueves, 24 de noviembre de 2016

Noviembre: lluvias y reparto de compost

El camino de acceso a la Huerta de los Frailes da vistas, a la derecha, a Carchelejo, un pueblo blanco, extendido como una balaustrada a lo largo de una escarpada ladera, y, a la izquierda, al castillo moro de Arenas, instalado en su inaccesible pináculo. Algún rayo de sol furtivo hace brillar las hojas plateadas de los olivos mientras la cogujada canta unas notas lastimeras desde una piedra y luego vuela en círculos como la alondra.

Al dar vista  a los cortijos del antiguo monasterio, parece un lugar paradisíaco, un valle de bosques de pinos y olivos, gris y fresco, de ásperos barrancos, donde ya lanza su penacho de humo la chimenea de los cortijos, tan enhiesto, hacia el cielo, que parece estar suspendido de él. La colina del Cerrillo de San Marcos, faro del valle y de la Huerta, está recalentándose al sol. Los ennegrecidos troncos de los viejos almendros del camino y las higueras han perdido sus oscuras y satinadas hojas, que tras tornarse amarillas, han dejado desnudas sus ramas que se reflejan en las aguas verdosas de la alberca rebosante.

Han caído unos 40 litros, un agua muy deseada. Las lluvias por fin han llegado  y el cielo está encapotado casi todos los días de nubes oscuras y esponjosas,  que impregnan de humedad el suelo y el ambiente. Ya no están los abejarucos que alanceaban el aire en su vuelo veraniego, creando dardos de color con su brillante plumaje verde y amarillo, ni canta el cuco, pero han llegado los zorzales que raudos cruzan volando bajo los ardales de los olivos. Ha llegado la hora de aportar el compost a la huerta.

En la primavera hicimos dos grandes montones de compostaje con las hierbas resultantes del desbroce, estiércol de oveja  y un poco de tierra de la propia huerta. Ya están maduros. Lo repartimos a las plantas.
Esta tarea es fundamental. La ciclicidad en la agricultura es la esencia de su sostenibilidad y viene dada por la devolución en forma de nutrientes de los residuos que en ella generamos transformados en compostaje.
 
El libro antropológico "Al sur de Granada" de Gerald Brenan, en su estancia en La Alpujarra granadina en el primer cuarto del siglo XX, recoge magníficamente la vida y costumbres de sus habitantes, convirtiéndose en un documento etnográfico de gran valor y un testimonio de cómo era la vida rural que hoy es irreconocible. Escribía “Mi aldea era casi autosuficiente. Las familias más pobres no comían nada que no criara en la aldea, excepto el pescado fresco, que se traía desde la costa a lomo de mula, en viaje nocturno, y bacalao seco. Los tejidos de algodón, la loza y la quincallería venían de las ciudades, pero los aldeanos tejían y teñían sus propios paños de lana, sus mantas de algodón, sus pañuelos de seda y sus colchas. En otras palabras, la economía de una aldea de La Alpujarra no había cambiado gran cosa desde los tiempos medievales.”

Lo que nos llama la atención y echamos de menos en su extenso libro, sobre todo teniendo en cuenta que el autor es un agudo observador, que no haya reflejado el sistema de ciclicidad de ese mundo en términos que garantizaba la sostenibilidad y equilibrio del ecosistema. Describe de forma pormenorizada lo que producían, los rituales relacionados con las cosechas o la matanza, las fiestas, las relaciones humanas, los grupos sociales, la religión, los paisajes, y hasta la psicología de sus habitantes; pero se olvida de describir cómo se producía, cómo se establecía la sincronización de reloj que les permitía ser comunidades autosuficientes. Eran sociedades de residuos cero, donde todo tenía una función en el engranaje general y no aparece en su estudio ni cómo los residuos de las huertas o de la molturación de las aceitunas, junto a los excrementos de los animales, iban a los muladares, nuestros modernos montones de compostaje, y madurados servían para fertilizar los cultivos que a su vez producirían magníficos frutos, volviendo de nuevo a reiniciarse el ciclo que seguiría dando vueltas con las estaciones y años en un ritmo biológico donde los seres humanos formaban parte.

Las carreteras construidas para los vehículos de motor pusieron fin a la vida autóctona de las aldeas y a los vestigios de una cultura que se remontaba a los tiempos clásicos.

En todas las modalidades de felicidad se da un elemento de añoranza, ya que la mente se centra mejor sobre aquello que echa en falta.