Cuando la crisis nos acorrala, acobardándonos cada día, triturando nuestras expectativas, hundiéndonos en el fango de la desesperanza, encuentro el futuro en las pequeñas cosas como construir mis muros ambientales. Este invierno hemos continuado Claudia, mi hija, y yo, almacenando piedras para levantar unos palmos de muros ya construidos o iniciar otros nuevos.
Tengo la impresión de que nuestros muros son los ahorros del futuro; también son diques contra la desidia y la tristeza; y castillos que construimos para la esperanza. Cuando sudo colocando piedras me olvido de si la prima de riesgo sube o baja, de cuánto más me va a costar la semana próxima los medicamentos, o si podré pagar las tasas universitarias a Claudia que este año empieza en la Universidad, y su alojamiento, y su comida fuera de casa, y las nóminas que pagar a final de mes, y los informes de no sé cuántos departamentos de la Administración, y si el Rey está acabado o no, cuánto seguirá mintiendo Rajoy, mi hipertensión, y toda la mala leche de la semana.
Cuando quiero olvidarme entre semana de toda la montaña de inmundicias, me pongo, mientras conduzco, a fijarme en las piedras de las orillas de la carretera, en si me vienen bien para este muro o para el otro. Y termino parando el coche y llenando el maletero de piedras, algunas que apenas puedo mover por su elevado peso. Y en cada piedra que cojo dejo una parte de mi desesperanza. El sábado por la tarde, con el coche repleto, me encamino alegre para sudar en mis muros de las esperanza.
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